Estamos ante una travesía del desierto esperada. En las elecciones del pasado 27 de octubre, los israelíes pintaron un mapa político tan atomizado, complejo y retador como su propia sociedad. Nadie logró, ni de lejos, la mayoría absoluta, por lo que desde entonces los días pasan tratando de aclarar el escenario de sumas posibles, que es limitado, heterogéneo, lleno de vetos y rechazos y alianzas que, en otro tiempo, serían improbables o directamente contranatura.
Ante esta aritmética en la Knesset (Parlamento) que desafía cualquier lógica tradicional, el presidente del país, Isaac Herzog, se enfrenta este domingo a una de las decisiones más trascendentales de su tiempo: otorgar el mandato para formar Gobierno. Todo apunta a que la era de Benjamin Netanyahu, el primer ministro más longevo en la historia del país, podría estar acercándose a su ocaso definitivo, asediado por una coalición que abarca desde la derecha secular hasta las facciones árabes y que, aún así, ha logrado hacer las cuentas.
El panorama actual es el resultado de un hartazgo generalizado y de una profunda polarización nacional. La política israelí ha dejado de girar exclusivamente en torno a la dicotomía de izquierda contra derecha, o halcones contra palomas en materia de seguridad. Hoy, la línea divisoria fundamental es el bibismo frente al antibibismo. En este contexto, la figura del exjefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, ha emergido como el inesperado salvavidas para un bloque opositor que, hasta hace poco, parecía incapaz de articular un frente común. Y aún no puede cantar victoria.
Cada partido exige su porción del pastel y las líneas rojas ideológicas se estiran hasta el punto de ruptura. Ahora parece que sí, ahora que no. El hemiciclo, con sus 120 escaños, es un hervidero donde una mayoría sin gobierno intenta organizarse frente a un gobierno que ya no tiene mayoría. Hay quien apuesta por la repetición de elecciones como mal menor otro ciclo electoral y quien cree que es inviable, porque el nivel de desgaste institucional hace urgente una salida. La comunidad internacional observa, mientras, preocupada.
El 'sorpasso' del general
El general retirado Gadi Eisenkot ha logrado lo que para muchos parecía una quimera: aglutinar 67 recomendaciones ante el presidente Herzog, superando el umbral mágico de los 61 escaños necesarios para la mayoría absoluta parlamentaria. Este respaldo masivo lo coloca en la pole position indiscutible para recibir el mandato oficial este domingo -hay plazo hasta el miércoles, pero el antiguo laborista no lo va a agotar- y comenzar formalmente la construcción del nuevo Ejecutivo.
La transición de Eisenkot de la cúpula militar a la cúspide política no ha sido un camino exento de obstáculos. Su perfil pragmático, centrado en la seguridad nacional pero alejado de la retórica incendiaria de los aliados ultranacionalistas y religiosos del actual gabinete, ha servido de pegamento para una coalición frankenstein unida por un único objetivo: desalojar a Netanyahu del poder. A diferencia de otros antiguos uniformados que incursionaron en la política con plataformas vagamente centristas (como Benny Gantz), Eisenkot ha sabido jugar sus cartas entre bambalinas, construyendo puentes con sectores que históricamente se han mirado con recelo.
Para desplazar a Netanyahu, este padre que ha perdido a uno de sus hijos en el genocidio de Gaza no sólo necesita los números brutos, sino una arquitectura de pactos de hierro. El bloque del Likud (el partido de Bibi) y sus socios extremistas han demostrado ser un monolito formidable en el pasado. Sin embargo, la acumulación de juicios por corrupción contra Netanyahu y el desgaste de años de crisis políticas continuas han comenzado a abrir grietas. Lastraban polémicas como la reforma judicial, pero sobre todo ahora pesa la gestión de los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, que dejaron 1.200 muertos y 251 secuestrados, sobre los que no se han asumido responsabilidades políticas ni se han dado explicaciones suficientes a los afectados y sus familias.
Eisenkot debe asegurar que esos 67 apoyos no sean meras declaraciones de intenciones ante el presidente, sino votos disciplinados el día de la investidura y más allá, para sostener el bloque con los días. El desafío es titánico: mantener contentos simultáneamente a halcones nacionalistas seculares y a partidos árabes con agendas radicalmente opuestas. Ya hubo un intento así en 2021, el 36º Gobierno. Duró poco: un año, seis meses y 16 dı́as.
La clave del ascenso árabe
Uno de los giros más llamativos de esta crisis de gobernabilidad es el papel protagonista que han asumido las listas árabes. Tras años de marginación y de ser considerados ilegítimos para conformar mayorías de Gobierno por gran parte del establishment sionista -pese a que cerca del 21% de la población de Israel es de este origen-, el voto árabe se ha convertido en el comodín indispensable de la política israelí. Sin su apoyo táctico, los 67 escaños de Eisenkot serían una ilusión matemática.
Figuras destacadas como Yousef Jabareen han sido esenciales para ese crecimiento y, ahora, para hacer cuajar las negociaciones. En las consultas, los líderes árabes han denunciado abiertamente los intentos históricos de la derecha de deslegitimar su participación política para impedir cualquier cambio sustancial en Israel. La narrativa ha cambiado: ya no se trata de pedir permiso para entrar en el juego democrático, sino de exigir contrapartidas reales a cambio de estabilizar el país.
Estas demandas se centran en presupuestos millonarios para combatir el crimen desenfrenado en las comunidades árabes, mejoras drásticas en infraestructura, educación, y la revocación o enmienda de leyes percibidas como discriminatorias, como la Ley del Estado-Nación, que proclama el "Estado judío".
La inclusión -ya sea formal en la coalición o mediante apoyo externo- de partidos árabes en el sostenimiento de un Gobierno liderado por un exjefe de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) es un terremoto, sabiendo lo que ese Ejército ha causado al pueblo palestino. Para el bloque de Netanyahu, esto es munición política de primer nivel. "No formaremos parte de una coalición ni del gobierno, ya que, como ya he señalado, no podemos integrar un ejecutivo que perpetúe la ocupación y destine recursos a los asentamientos ilegales; algo que contraviene nuestros valores fundamentales y nuestras posturas políticas", detalló Jabareen en una entrevista a la Agencia EFE, el viernes, al insistir en que no van a solicitar ningún cargo.
La campaña de la derecha insiste en eso, en que un Gobierno dependiente del "sector antisionista" es una amenaza existencial para la seguridad de Israel, una retórica diseñada para asustar a los votantes de centro y presionar a los diputados más derechistas del bloque de Eisenkot para que deserten.
Sin embargo, la barrera psicológica ya se rompió en gabinetes anteriores, y los partidos árabes han demostrado un pragmatismo táctico que prioriza los avances civiles de su población sobre los estancados debates del proceso de paz.
El movimiento final de Lieberman
Si los árabes son un pilar inestable en la coalición de Eisenkot, Avigdor Lieberman y su partido secular nacionalista (Yisrael Beitenu) representan la otra gran falla tectónica. Este halcón en temas de seguridad y defensor acérrimo del laicismo, ha construido su reciente carrera política sobre una promesa inquebrantable: obligar a los judíos ultraortodoxos (haredim) a servir en el Ejército y a integrarse en la fuerza laboral, recortando los subsidios estatales a las yeshivás (las academias talmúdicas).
El tema del reclutamiento ultraortodoxo es, sin exagerar, una de las heridas culturales más profundas de la sociedad israelí. El resentimiento de la clase media secular, que paga impuestos y envía a sus hijos al servicio militar obligatorio (a Gaza, a Cisjordania, a Líbano, a Siria, a Irán...), frente a una comunidad que crece demográficamente de forma explosiva y goza de exenciones, es un combustible político de alto octanaje. No obstante, en las últimas horas la prensa israelí habla de un giro pragmático de calado: Lieberman se ha mostrado abierto a "negociar" y flexibilizar su demanda estrella sobre ese reclutamiento.
¿Qué motiva esta aparente capitulación ideológica? La respuesta es simple: su animadversión hacia Netanyahu es superior a su cruzada laica. Lieberman sabe que exigir un reclutamiento inmediato y universal de los ultraortodoxos dinamitaría cualquier intento de formar Gobierno, empujando al país a unas nuevas elecciones donde el Likud podría recuperar el control, o también obligaría a una coalición en minoría, con el apoyo externo de los partidos árabes.
Al rebajar sus exigencias -quizás aceptando cuotas graduales de alistamiento en lugar de medidas coercitivas drásticas-, retira el mayor obstáculo para cuadrar el círculo. Es un movimiento de ajedrez maquiavélico: sacrifica su principal promesa electoral en el altar de un objetivo estratégico mayor, el fin de la era Bibi. "Ante la multitud de retos a los que nos enfrentamos hoy en día, el interés nacional del Estado de Israel y del pueblo de Israel debe prevalecer sobre cualquier otra consideración", ha escrito en X. Otra posible alianza que se abre.
¿Y la opción del Gobierno de unidad?
En medio del ruido y la furia de los vetos cruzados, medios como el progresista diario Haaretz plantean la hipotética viabilidad -no descartada, como nada ahora mismo- de que un "Gobierno de unidad". O sea, que se sumen los dos grandes, el Likud de Netanyahu y el Yashar de Eisenkot, para afrontar estos tiempos complejos. Hasta el presidente de EEUU, Donald Trump, parece haber puesto esta posible salida sobre la mesa de los negociantes.
En el papel, la idea suena madura y pacificadora: los grandes partidos nacionales, incluido el Likud (con o sin Netanyahu), uniéndose a la facción de Eisenkot para formar una supermayoría que aborde los desafíos urgentes del país sin depender de los extremos. Sin embargo, el análisis del Institute for National Security Studies (INSS) revela que, en las actuales circunstancias, podría ser una receta para la parálisis y el desastre. Israel se enfrenta a encrucijadas históricas: la creciente tensión con Irán, la espiral de violencia en Cisjordania, la inflación, la crisis de la vivienda y una fractura interna sobre la independencia del poder judicial.
Un ejecutivo compuesto por fuerzas que se desprecian mutuamente y con visiones económicas y territoriales antagónicas nacería paralizado. Cada decisión de seguridad, cada presupuesto y cada nombramiento judicial requeriría negociaciones extenuantes, otorgando poder de veto a ministros rivales.
Históricamente, los gabinetes de unidad en Israel (como el de Isaac Shamir y Simon Peres en los años 80 del pasado siglo, o el más reciente y fallido experimento entre Gantz y Netanyahu) han servido para estabilizar crisis agudas, como la hiperinflación o la pandemia, pero han fracasado estrepitosamente a la hora de implementar reformas estructurales o avanzar en procesos diplomáticos.
Si Eisenkot opta por esta vía para evitar la dependencia de los árabes o de la extrema izquierda, corre el riesgo de convertirse en un primer ministro cautivo, presidiendo un gabinete disfuncional, que decepcionaría a sus votantes en un tiempo récord y allanaría el camino para un regreso triunfal de la derecha dura.
'Bibi', su partido... y sus juicios
Netanyahu es el gran superviviente de la política mundial. Ha sido dado por muerto políticamente en múltiples ocasiones, sólo para resurgir con más fuerza. Esta vez, el asedio parece estructural y definitivo, pero no hay que olvidar que, otra vez, con todo en contra, ganó las elecciones del 27-O. No suma, pero ganar, ganó. Con Eisenkot acumulando recomendaciones suficientes, su Likud se enfrenta a la aterradora perspectiva de pasar a las frías bancadas de la oposición.
Dentro del partido, la tensión es clara. Durante años, ha operado bajo un culto a la personalidad casi absoluto hacia su líder. Cualquier figura interna que osara desafiar su liderazgo era rápidamente purgada o marginada. No ha habido delfines ni segundos. Pero la falta de una victoria válida en estos comicios ha encendido las alarmas. Algunos sectores del Likud comienzan a hablar en voz baja de la la necesidad de contemplar un Israel post-Netanyahu, expone el Times of Israel.
Si Netanyahu es apartado del poder, pierde el control del Estado y la plataforma principal desde la cual puede influir (o intentar legislar) sobre sus propios procesos judiciales por corrupción. Son tres presuntos delitos: soborno, fraude y abuso de confianza. Por ello, luchará hasta el último segundo por protegerse. Sus tácticas en estos días son de manual: intentar sobornar con carteras ministeriales de primer nivel a posibles tránsfugas del bloque de Eisenkot, presionar implacablemente a los líderes de la derecha que dudan, y lanzar una campaña de relaciones públicas que retrata al inminente gobierno como un peligro "izquierdista y pro-terrorista", añade la información.
Si Eisenkot no logra cerrar los acuerdos a tiempo, Netanyahu estará agazapado, esperando recoger los pedazos. Pero si el nuevo gobierno jura el cargo, la guerra civil dentro del Likud por la sucesión de su líder histórico será tremenda.
¿Qué pasa con los palestinos?
En Ramala y en Gaza y en el este de Jerusalén se asume, por su parte, una cruda realidad: con o sin Netanyahu, la paz está lejos. El llamado conflicto palestino-israelí ha sido el gran ausente de estas elecciones. Ninguno de los principales candidatos, incluido Eisenkot, ha articulado una plataforma seria o audaz para reanudar el proceso de paz o buscar una solución de dos estados.
Eisenkot proviene del estamento militar; su enfoque sobre los territorios palestinos es estrictamente de gestión de la seguridad, no de diplomacia transformadora. Su prioridad es contener la escalada de violencia, desmantelar infraestructuras militantes en Jenin o Nablus y mantener un statu quo manejable. Manejable para Tel Aviv, claro, no para los palestinos que están sometidos a diario a la ocupación y el apartheid.
Las listas árabes que podrían apoyar su Gobierno lo hacen sabiendo que no habrá concesiones territoriales significativas; se centran en los derechos civiles de los árabes israelíes, asumiendo que el actual parlamento carece de la voluntad y la aritmética para abordar la ocupación.
Este vacío refleja el desplazamiento general de la sociedad israelí hacia la derecha y el desencanto con los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993. La izquierda tradicional pacifista (Meretz, Partido Laborista) ha sido reducida a su mínima expresión histórica o asimilada en bloques de centro-derecha por pura supervivencia. Así, el nuevo equipo de Eisenkot, si logra formarse, continuará administrando el conflicto mediante medidas económicas, permisos de trabajo y disuasión militar, ignorando la bomba de relojería demográfica y de derechos humanos que sigue latiendo a pocos kilómetros del parlamento.
¿Y Gaza? Sin novedad. Gadi Eisenkot sí apoya el objetivo militar de atacar la franja, pero rechaza la forma en que Netanyahu lo ha gestionado. Ha acusado al actual primer ministro de prolongar el conflicto por intereses políticos y personales y de no actuar con la rapidez suficiente para liberar a los rehenes, Pero, por ejemplo, se ha fijado la meta pública de eliminar a Hamás en un plazo de 18 meses.
El amigo americano
La salida de Netanyahu y el ascenso de un Gobierno opositor tendrían profundas implicaciones, especialmente en las relaciones con EEUU y el posicionamiento global de Tel Aviv. Como destaca el Carnegie Endowment, la alianza más importante de Israel está afrontando su mayor prueba en décadas. Los años de Netanyahu polarizaron la relación con Washington, alineando a Israel de manera muy estrecha con el Partido Republicano y tensionando los vínculos con las administraciones demócratas y con gran parte de la comunidad judía estadounidense.
Un mandatario con el perfil de Eisenkot sería recibido con un profundo suspiro de alivio en Washington y en muchas capitales europeas. El lenguaje del poder cambiaría. Eisenkot, respetado por el establishment de defensa del Pentágono (que hasta lo condecoró en el pasado), buscaría restaurar el bipartidismo en la relación con EEUU, bajando el tono de las confrontaciones públicas sobre temas como el programa nuclear iraní. Se espera que prefiera una coordinación estratégica silenciosa, a puerta cerrada, frente a los discursos dramáticos tan característicos de Bibi.
Sin embargo, reparar la imagen de Israel requiere más que un cambio de tono. Naciones Unidas y las organizaciones internacionales de derechos humanos han puesto el foco en el hundimiento palestino y, también, en el deterioro democrático interno que Netanyahu intentó promover para protegerse. Un nuevo gabinete sin mayorías claras enfrentará inmensas dificultades para desandar ese camino. Además, el mundo árabe (los países de los Acuerdos de Abraham y otros potenciales socios regionales) observará de cerca cómo Eisenkot maneja los roces en la zona. Estos países árabes han demostrado estar dispuestos a hacer negocios con Israel, independientemente de la causa palestina, pero requieren de un liderazgo israelí que no genere crisis que inflamen a sus propias poblaciones.
Ahora, todos los caminos convergen en la residencia del presidente Isaac Herzog, en el barrio jesololimitano de Talbiya. Deberá salir ante los medios y pronunciar el nombre del candidato designado. Seguramente, aprovechará su discurso para pedir responsabilidad y presionar tácitamente por un Gobierno que sea lo más amplio y estable posible, intentando conjurar el fantasma de unas nuevas elecciones. Lo ha hecho en estos días.
Luego, las semanas de negociaciones informales darán paso a la redacción de acuerdos de coalición que se examinarán con lupa. Los ministerios clave (Defensa, Finanzas, Justicia y Seguridad Interior) serán objeto de subastas despiadadas. Los pequeños exigirán precios exorbitantes, sabiendo que sin ellos el edificio se derrumba. Y en la sombra, Netanyahu desplegará su innegable genio táctico para intentar dinamitar el proceso antes de que llegue a la votación de investidura. Quedan muchos días de tensión.